
Es sorprendente pero generalizado el sentimiento de desprecio que sienten los seres humanos con aquellos que, artificial o superficialmente, son percibidos como "los otros". Lamentablemente, la riqueza que pueden aportar las diferencias se convierte en una irracional lucha de banderas o estandartes tejidos en la fábrica social de manera artificial y contingente. Dos ejemplos:
Quien me conoce sabrá que soy un acérrimo opositor de los "países" o las naciones, identificados en ocasiones con los Estados y, en otras, con comunidades al interior de estos, que no constituyen sino divisiones contingentes y artificiales. Además del célebre ejemplo que muestra cómo desde el aire no es posible identificar las fronteras trazadas con solemnidad sobre mapas y planos, mi pertenencia formal a este o aquel nombre variará según la fecha en que nazca en él, a pesar de constituir en mismo terreno. El colombiano nacido en Panamá tras el reconocimiento de su independencia ya no será colombiano, aunque años atrás lo sería. Lo triste del caso es que, cuando nos metemos con los países, nos inmiscuimos con poderosas y peligrosas fuerzas emotivas irracionales. Karl Gustav Jung advirtió sobre el riesgo de la manipulación de masas con banderitas e himnos que, en la mayor parte de los casos, no son sino canciones de guerra que incitan al odio, como dijo un escritor latinoamericano. Y ese es el riesgo: el ser humano suele aferrarse a identidades contingentes y artificiales que se sustentan en la exclusión, algo que demuestra la patética pero tristemente frecuente práctica de procurar la "unión" nacional y patriótica alrededor de la identificación del enemigo "del pueblo", costumbre de sociedades abierta o clandestinamente (con hipocresía) militaristas y dominantes. De por sí, los Estados, sustentados en identidades excluyentes y exclusivas, están condenados a ser actores egoístas (en virtud del egoísmo de quienes en realidad lo conforman, las personas) que persiguen el interés de "los míos", con independencia del sufrimiento ajeno, del "extranjero". Es justo decir, sin embargo, que las exclusiones identitarias no se limitan a los países, al extenderse a otros rótulos que, por muy naturales o correctos que sean, pueden degenerar en intolerancia y desprecio si no se tiene en cuenta la igualdad entre las personas, conquista jurídica, social y humana de nuestros tiempos aún imperfecta (aunque es necesario decir que el tratamiento diferenciado proporcional y razonable es parte de la igualdad). Estos rótulos confirman lo que Hesiodo dijo alguna vez, cuando menciono que la palabra puede ser divina o fatal.
Me pregunto si es posible superar la alienación y adoctrinamiento social de los países, y es reconfortante que haya quienes se percatan de la necesidad y obviedad de identificar que la esencia humana nos une. Por qué no podemos escuchar más frases como la pronunciada por Séneca, quien dijo no haber nacido para un solo rincón, pues su patria es todo el mundo. Esta idea de cosmopolitanismo, que no se limita a los estoicos y retoma Kant con su ius cosmopoliticum de manera limitada, es reconfortante. Sin embargo, alguna organización territorial o alternativa necesita el orbe, y es imprescindible evitar que, bajo la máscara de una unión humana, los poderosos se aprovechen y dominen despóticamente a los demás favoreciendo en últimas "sus" intereses, algo que Kant mismo procuraba evitar. Si bien el ser humano tiende a despreciar a los diferentes en virtud de enseñanzas humanas, con independencia de la piel o incluso de la nacionalidad "formal" (cuyo significado se diluye con la pérdida de afiliación irrestricta al ente estatal propio de la globalización), algo que tristemente se evidencia en conflictos fratricidas como el ruandés, donde gente de raza negra masacraba a sus congéneres, resulta esperanzador ver que los niños, cuando crecen desde temprana edad junto a compañeros de diversas razas, religiones y colores, traban lazos de amistad y tienen curiosidad en lugar de hostilidad, algo que conduce a la unidad pregonada por Pablo de Tarso, quien dijo que "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer", pues todos somos uno, iguales, lo que se sustenta en la dignidad de todos, que no somos medio para la consecución de los fines de los nacionales de algún estado, sino fines en nosotros mismos.
Lo intrigante es que, a pesar de esta sabiduría, hay rincones del planeta, del orbe en el que vivo, que se empeñan en ignorar la unidad y prefieren el desprecio, llevados por la arrogancia que también nos caracteriza. Para hablar de mi experiencia, muchos nos preguntamos por qué algunos españoles no sienten curiosidad por las costumbres de los foráneos sino desprecio o, si acaso, indiferencia, algo que no sucede en otros lugares. Y es que quizá se han convencido del mensaje cultural que predica su supuesta superioridad, implícita en la noción del "primer mundo", que se refuerza con el idioma. Es curioso cómo un mismo idioma sirve para diferenciar en lugar de constituir un puente de unión. Oscar Wilde dijo, al introducir su fantasma de Canterville, que los estadounidenses y británicos se parecen en todo menos en el idioma, pero apunta a una identidad, un nexo. Ahora bien, el mismo idioma sirve para rotular e identificar al no peninsular en este lugar, quien con sorna suele considerar que el vocabulario del mestizoamericano (pues tenemos más raíces que la latina) es deficiente, a pesar de que en muchas ocasiones sus términos son aceptados por la "real" academia "española" de la lengua, que carga sobre sí calificativos bastante sospechosos, en tanto el ser española implica desconocer a Mestizoamérica y, de alguna forma, llevar al neocolonialismo cultural.
Lo extraño del desprecio lingüístico es que, en primer lugar, todo idioma es evolutivo, además de contextual, y arbitrario (en tanto los niños dicen cosas que nos parecen graciosas a pesar de ser más lógicas que nuestras convenciones aprendidas), y está orientado al fin de la comunicación. No querer entender al otro, o aparentar no hacerlo, a pesar de que el puente existe y puede ser transitado, es bastante triste...
Nicolás, me gusta mucho tu artículo, quiero pedirte si puedo usar el texto para una Lectura Comentada en mi clase de Derecho Internacional Público, mi visión del mundo es muy parecida a la tuya y quiero que mis alumnos conozcan tu trabajo también.
ReplyDeleteMe haces saber tu respuesta, creo que aparece mi correo en este comentario.
Saludos desde El Salvador.
Hola Rocío, muchas gracias por tus comentarios. Por supuesto, puedes usar cuanto quieras de este texto. Un saludo!
ReplyDeleteVale, muchas gracias Nico.
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